Gorillas: dos gorilas, una banana y toda una época dentro del ordenador
La historia del juego de MS-DOS que convirtió dos azoteas y unas bananas explosivas en un duelo inolvidable. Sin tecnicismos y con algún secreto.
Dos gorilas se suben a dos azoteas y se tiran bananas explosivas. Entre ellos hay una ciudad, algo de viento y bastantes posibilidades de hacer un agujero donde no toca. Eso es Gorillas. Y sí: con tan poco se podía pasar una tarde estupenda.
Cuando para jugar también había que escribir
Viajamos a 1991, cuando MS-DOS 5 llegó a los ordenadores personales. DOS era el sistema que permitía ponerlos a trabajar: en lugar de tocar iconos, muchas tareas se hacían escribiendo órdenes. No era una película de hackers. Era la forma normal de abrir un programa.
Entre sus herramientas estaba QBasic, que permitía escribir y ejecutar programas en BASIC, un lenguaje pensado para resultar accesible. Gorillas venía como ejemplo, en un archivo llamado GORILLA.BAS. También lo acompañaba Nibbles, una variante del juego de la serpiente. No hacía falta entender programación para disfrutar del regalo escondido entre aquellas utilidades. La historia de aquella distribución ayuda a situarlo en su época.
¿A qué se jugaba por entonces?
En 1991 convivían varias formas de jugar. Estaban los salones recreativos, con partidas que costaban monedas; las consolas de casa, conectadas al televisor; y los ordenadores personales, donde el mismo teclado servía para trabajar, estudiar y echar una partida. No todo el mundo tenía el mismo aparato ni vivía la misma experiencia.
Era el año en que Sonic estrenaba su primer juego en Mega Drive, como recoge la historia oficial de SEGA. Los personajes, el color y la velocidad tenían mucho tirón. En el PC también había espacio para otro ritmo: pensar una jugada, explorar o resolver un problema sin que todo dependiera de pulsar un botón a tiempo.
Tampoco era lo habitual abrir una tienda digital y descargar un juego al instante. Los cartuchos y los disquetes formaban parte del paisaje. En ese contexto, descubrir que tu ordenador traía un juego entre las herramientas de programación tenía algo de encontrar un regalo en un cajón.
Gorillas encajaba en ese rincón casero de los videojuegos. Dos personas compartían teclado, se turnaban y comentaban cada lanzamiento. La gracia estaba en el pique de al lado: ver una banana estrellarse contra una fachada podía dar tanta conversación como acertar.
Un juego que venía con las tripas a la vista
Lo especial era que podías abrir el archivo y leer las instrucciones que hacían funcionar el juego: su código fuente. Como recibir un juguete junto con el plano para desmontarlo.
El propio programa explicaba cómo ejecutarlo y cómo consultar ayuda sobre sus instrucciones. Esa cercanía entre jugar y curiosear hacía muy tentador cambiar algo y probar. No necesitas saber qué es una variable para entender el atractivo: «¿Y si toco esto y veo qué pasa?». El código conservado de GORILLA.BAS permite asomarse hoy a esa pequeña cocina.
Cómo funciona: puntería con una pizca de física
Cada persona controla un gorila y juega por turnos. Decide el ángulo del lanzamiento y su fuerza. La banana sale, dibuja una curva y termina cayendo por efecto de la gravedad. El viento y los edificios complican la visita al vecino.
No necesitas hacer cuentas. Lanzas, miras dónde ha caído y corriges. Si te quedas corto, pruebas con más fuerza; si das contra una fachada, buscas una trayectoria más alta. Cuando casi aciertas, cambiarlo todo suele ser una magnífica manera de volver a fallar.
Es el encanto de los juegos de artillería: esperar tu turno también forma parte de la diversión. Estás observando el desastre ajeno mientras preparas el tuyo.
Por qué sigue teniendo gracia
Se entiende enseguida, invita al pique y convierte los errores en espectáculo. Tampoco exige reflejos imposibles: te deja pensar, probar y reírte del resultado.
Si quieres entender los controles, tienes nuestra guía para jugar a Gorillas, adaptada a la recreación de Intrapixel.
Y una última cosa: se puede jugar en esta web. Pero es un secreto. No te diré dónde.